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MEDALLA DE ORO PARA ARGENTINA 

Un final increíble de esta experiencia africana que tuvimos la suerte de vivir en julio de 2024.

Textos: Néstor Baldacci – nestor.baldacci@hotmail.com / Fotografías: Gastón Baldacci – @huntonga

Houston . . . tenemos un problema:

El Orix o Gemsbok es un antílope de gran tamaño, con un par de cuernos muy largos, rectos y anillados. Al verlo, la primera impresión nos recuerda una especie de caballo con cuernos y, de hecho, tiene un galope tendido que puede sostener por grandes distancias.

A mi gusto, este es uno de los antílopes más bonitos, no sólo por su cornamenta, sino por el esquema de manchas y contrastes, con un cuerpo prácticamente entero en color canela, el vientre y una línea en el lomo negra y la cara overa, además una crin tipo caballo color negro en la cola. También hay otras especies de Orix, uno prácticamente idéntico, pero que en lugar de tener esas “partes negras” las tiene en un pelaje rubio que le da el nombre de Golden Orix, en lugar del Black que es el común. Aparte está el Orix Egipcio que es prácticamente blanco con su pecho canela oscura y el Orix del desierto (no lo vimos) de tamaño algo menor.

Era nuestro cuarto día de cacería, para variar, muy frío también. En mi caso me quedaban por cazar un Orix y un Impala (mi preferido) y a Pablo le quedaba un Gñú o Ñu Azul y había agregado un Facocero a su lista, así que en la medida de que aparecieran esas posibles presas, nos turnaríamos para cazar.

Seguimos patrullando y viendo muchos Orix, pero era increíble cómo estaban constantemente en movimiento, al galope, quizás porque la temperatura se había hecho más agradable, o quizás por el viento que era bastante fuerte, no lo sé, y Evans, nuestro guía también estaba asombrado hasta que, por fin, dimos con un grupo que estaba más tranquilo y el rececho fue relativamente más fácil.

Teníamos buen viento y abundante vegetación que nos ocultaba de la impresionante vista de estos animales, pero de todas formas, no fue sencillo porque si bien no galopaban, iban a buen paso y si nos ganaban el viento o salían a algún limpio, ¡chau! Por suerte “Diana Cazadora” nos acompañaba desde el Olimpo y la manada, aproximadamente una docena o algo más, se detuvo por fin y la chance llegó.

Interminables los segundos que le tomó a Evans definir si había algún macho tirable hasta que vino su ok y el armado del bípode… primer contratiempo, el bípode se había roto unos minutos antes, así que era bastante inestable porque es ese modelo que calza un apoyo en la chimaza y otro en la culata (no me gusta). Segundo contratiempo, encaro el 300 H&H y el Orix señalado como blanco, tenía otro animal detrás, motivo por el cual no se le podía disparar, ya que la seguridad es la norma SIEMPRE.

Trataba de contener la respiración y las pulsaciones, mientras el bípode se me movía y los dos animales (que seguramente como sus congéneres se habían movido todo el santo día) estaban quietos y mirando para nuestro lado, aunque era realmente muy difícil que lograran vernos entre la vegetación. Y, por fin, se separó el de atrás y se abrió hacia mi izquierda. A pesar del tamaño seguían entrando los dos en la mira, ya que no estaban cerca.

Confirmo con Evans que mi objetivo era el de la derecha y cuando estoy por disparar se me termina de descalzar el bípode en el punto de apoyo trasero, a todo esto el animal se mueve como para irse así que sin titubear demasiado, compenso el arma a fuerza de brazo y tiro, sesgado, pero el bolsazo se escucha perfecto y también la euforia de camarógrafo y guía que vieron el disparo. También Pablo que nos había acompañado e incluso van Diek, el rastreador, eran testigos, pero la orden de recargar por las dudas no se hizo esperar y ahí vino el tercer inconveniente, este ya insalvable: al cerrojar para recargar, salió expedida sólo la mitad trasera de la vaina servida, mientras que la otra quedó en recámara impidiendo que la nueva bala ingrese al arma, dejándola totalmente fuera de servicio.

No les puedo explicar la desesperación que le entró a ese ¡guía profesional! No paraba de pedirme disculpas y de intentar sacar la media vaina servida de la recámara, lo cual era básicamente imposible sin la herramienta adecuada… mientras tanto, yo también me disculpaba por el incidente, aunque en realidad mucho no tenía que ver ya que la cápsula se había partido por fatiga del material, no porque se hubiera hecho alguna maniobra inadecuada con el arma. Y mientras tanto lo teníamos a Pablo que me tranquilizaba diciendo que él había visto que el animal se fue caminando hacia un costado y luego desapareció. Al rastreador que miraba fijo por si veía que el animal se movía y a Gastón intentando ayudarnos a Evans y a mí.

La solución vino de terceros… Evans se comunicó con Waiti, el otro guía que estaba en el área cazando con Daniel Briguez, (y que había logrado un gñú azul) y nos trajo su fusil. Había pasado no menos de media hora, quizás más, desde el disparo, pero para hacer la búsqueda del animal y evitar riesgos de que estuviera herido y sea peligroso para nuestra integridad, tuvimos que esperar esta arma. Avanzamos directamente hasta donde Pablo y el rastreador lo habían visto irse y ¡¡¡allí estaba!!! Seco y debajo de un arbusto donde entregó su vida, el disparo ingresó desde la última costilla en diagonal hacia la paleta, tal cual como yo lo vi y apenas hizo unos 30 o 40 metros desde el impacto hasta donde quedó echado.

Realmente fue una experiencia muy intensa por cómo se vivió todo. Disparar y no poder confirmar el acierto, quedar con el arma inutilizada, sentir la confianza y el apoyo del grupo que me tranquilizaba y finalmente la enorme satisfacción de cazar un animal precioso…

Medalla de oro

Mi hijo Gastón es prácticamente un “avatar” de mi propia historia, nació a fines de agosto de 2002 y básicamente desde ese momento empezó a acompañarme en mis salidas de caza o pesca, primero desde el confort y seguridad de un vehículo donde se quedaba con su madre, o jugando en el pastito si el sol y la temperatura invernal así lo permitían, y luego maravillándose con las perdices o los patos que yo traía a casa. Ya cuando empezó a caminar y a crecer, la compañía era más cercana y pronto pudo empuñar una caña (tiene más suerte que panza para pescar) y después arrancó también a cazar, y hoy llevamos 22 años compartiendo aventuras.

Así que, cuando surge la posibilidad de viajar con Julio Juri, para cazar en Kalahari, Sudáfrica, empezamos los preparativos. Gastón sería el camarógrafo y videógrafo de la aventura. Sin embargo, le tenía preparada la sorpresa de poder cazar un animal… y vaya si la aprovechó:

Ese día veníamos complicados con el clima, viento y frío, lo que hacía que los bichos se escondan en lo profundo del matorral, pero, de tanto perseverar, finalmente dimos con una hermosa manada de impalas, así que era una buena oportunidad para Gastón, a quien le cedí el fusil y tomé la cámara yo, y en este punto, considero que lo mejor es que él nos cuente su historia.

Gastón Baldacci

“Apenas vimos la manada de impalas, logramos divisar un ejemplar muy bueno y decidimos apuntar por  esa presa, dejando los springbucks de lado. Cuando mi “Viejo” me cede el fusil realmente se me cruzaron un montón de emociones e inseguridades, debo admitir. No sólo era el hecho de estar acechando un animal africano lo que me incomodaba, sino también era un calibre nuevo (300 H&H) en un arma que no tuve oportunidad de probar anteriormente dado lo improvisto de la situación; De todos modos junté valor y no me aguanté las ganas jaja, tomé el rifle y comenzamos lo que iba a ser un rececho largo y bastante complejo.

La planicie en la que se encontraba el animal no contaba con muchos arbustos para poder escondernos mientras avanzábamos y eran unos 600 metros aproximadamente los que debíamos hacer. Gran parte del rececho fue prácticamente cuerpo a tierra y, con ayuda de un buen viento que nos favorecía, logramos acercarnos hasta un matorral donde pudimos incorporarnos un poco y Evans comenzó a darme las indicaciones de dónde debía apuntar y cómo colocar el rifle correctamente en el bípode. A  todo  esto yo no paraba de  temblar  como caniche con rabia se imaginarán…

Llegó el momento del disparo, Evans se incorpora, coloca el bípode en posición y me ayuda a visualizar el animal dentro de la manada (desde un inicio me di cuenta cuál era, ya que imponía respeto con esa cornamenta entre los demás impalas). Me incorporo yo también detrás de Evans, calzo el rifle en su posición y fue ahí donde me di cuenta de un detalle: el animal estaba realmente lejos, unos 200, 230 m. aproximadamente; quizás para algunos más acostumbrados a tiros en distancia no les parecerá tanto pero yo realmente nunca había disparado a esa distancia y los nervios se incrementaron.

Evans me aumenta el zoom de la mira al máximo (lo que  me hizo confirmar mi temor… estaba lejos). Apunto y el animal comienza a apartarse de la manada a lo que me dan la instrucción de esperar a que frene ya que iba en movimiento, cuando por fin se detiene, se para mirando al revés y me entrega la espalda; le hago saber a Evans que no me siento seguro de disparar así y me calma diciendo que ya se iba a acomodar, parecía apropósito el animal ¡¡¡no se movía!!!

Todo esto en cuestión de segundos que para mi eran horas interminables. El guía decide moverse hacia un costado del matorral donde estábamos, donde creía que podría  tener un tiro más limpio y, justo cuando estábamos acomodando el bípode, el animal comienza a moverse nuevamente hacia la derecha.

Rápidamente vuelvo a poner el rifle en posición… tomo aire, aguanto la respiración, apunto y el impala se detiene de paleta dándome oportunidad a un tiro ideal. No lo dudé un segundo más, puse la cruz en esa paleta que se veía minúscula a la distancia y ¡disparo!  Veo a través de la mira que el animal pega un salto pero aún no había escuchado el impacto o el famoso bolsazo. Repito, fue cuestión de segundos, pero se me cruzó por la cabeza que había errado y el tiro fue bajo. No alcancé a terminar de pensar en eso que llegó el sonido del impacto, como si golpeara un bombo, creo jamás poder olvidarme de tal disparo.

Desde mi nula experiencia en tiros de distancia no tuve en cuenta el viento y los metros, que fueron los causantes de la demora en el sonido, a todo esto el animal había  caído unos 10 o 15 metros del impacto ya que fue muy certero el tiro, dando en el medio de la paleta, donde el guía me había marcado. Todavía no podía creer que cayó. ¡¡Necesitaba tocarlo para poder creer!! Cuando estábamos a unos metros del animal abatido, Evans estalla de la emoción y no paraba de decirnos que era un excelente animal. Claro, él vio la cornamenta y se dio cuenta del ejemplar que se trataba, nosotros desde el desconocimiento no entendíamos nada. Entre felicitaciones, nos explica Evans que, muy probablemente se tratara de una medalla de oro; (esto fue confirmado al siguiente día cuando pudieron hacer las mediciones correspondientes del trofeo).

Momento de las fotos, los abrazos y por fin caigo de todo lo que había pasado, de dónde estaba cazando, el suelo que estaba pisando y, por supuesto, con quien lo estaba viviendo y compartiendo. Aunque me considero una persona más “fría” para demostrar esta clase de sentimientos y muchas veces no me salgan las palabras, voy a permitirme usar este medio para agradecerle y hacerle saber lo que me emociona y llena el alma de alegría haber compartido esta aventura con mi compañero de cacería predilecto y, sobre todas las cosas, padre excepcional, quien no sólo me hizo cazador, sino que también me dio la oportunidad única de acompañarlo en su sueño y cumplir el mío. Este animal no hace otra cosa que dejar, sin dudas, el compañerismo que compartimos más allá de la relación parental que nos une, en el simple acto de cederme el rifle sabiendo que se trataba de un excelente trofeo y era su  turno de cazar. Ojalá no sea la última vez que compartamos un safari en Sudáfrica e invito a todos los que aún tienen a sus viejos o hijos a vivir esta experiencia única realmente con @cazaenafrica no se van a arrepentir.