Hace ya unos años, la zona de Arocena se ha convertido en un imán para los pescadores que buscan encontrarse con jornadas entretenidas de pesca de surubíes, dorados y variada.
Por Ariel Robledo
La riqueza de la región y especialmente de la laguna de Coronda sigue sorprendiéndonos. Es un espejo de agua que visitamos periódicamente y siempre algo nos regala: dorados con aguas altas y claras, tarariras con el nivel bajo y surubíes de excelente tamaño en determinadas épocas. Todo esto, sin descartar la pesca de moncholos, amarillos y patíes que se pueden conseguir según las condiciones del río y el gusto de los pescadores.
Esta vez, el llamado llegó de parte de Abraham Moyano, hijo de Miguel, y quien tomó la posta con las excursiones en Arocena, mientras su padre trabajaba en el Alto Paraná. Abraham, ha sabido interpretar el comportamiento de los peces y, con la misma dedicación de su padre, desde hace ya varios años, atiende a los turistas que llegan con la intención de pescar las mejores presas.
Bien temprano por la mañana llegamos a la casa de nuestro anfitrión y, en al agua, nos esperaba la nueva lancha de Abraham, para llevarnos a los mejores sitios. La idea principal eran los surubíes, pero nunca se descartan las otras posibilidades, por lo que sumamos también equipos de baitcasting.


La turbidez del agua, no nos hacía imaginar que podríamos llegar a dar con los dorados, pero cargamos por las dudas algunos señuelitos, ya que nunca se sabe con lo que nos podemos encontrar.
Trolling
La modalidad que mejores resultados le estaba dando a Abraham era el trolling, con señuelos de media agua y también de profundidad. Me quiero detener unos reglones en explicar cómo se desarrolla esta modalidad.
Generalmente estamos acostumbrados a que en el norte de Corrientes, la práctica del trolling se realiza tratando de llegar a las profundidades en donde suelen estar los surubíes. Para ello, y por la hondura a la cual se encuentran las piedras, debemos largar entre 60 y 90 metros de multifilamento, con señuelos de profundidad. En los ambientes de Arocena, en donde desarrollamos el trolling, las profundidades varían, pero no se necesita largar tantos metros de multifilamento para llegar al fondo, con tan sólo unos 30 metros ya estamos rozando el lecho y, a veces, incluso, con un señuelo de media agua ya nos alcanza para bajar hasta los sectores de pique.
Seguimos las sugerencias de Abraham y, una vez ubicado en el sector en donde íbamos a realizar los ensayos, largamos los señuelos. En mi caso utilicé un artificial banana larga marca Cucú de color cardenal; Valentín empleaba un señuelo Okuma by FK de profundidad color amarillo con cabeza roja y, Ricardo Diez, quien nos acompañaba, empleaba un señuelo Cucú de profundidad color verde.
El lugar escogido era la laguna de Coronda, pasando lentamente por un sector que mostraba una marcada profundidad. Era una “canaleta” identificada por nuestro guía, y por ahí debía pasar la embarcación para lograr los piques.
Durante gran parte de la mañana hicimos las pruebas, hasta que en un momento Abraham, nos dice de cambiar de modalidad e intentar buscar a los surus con carnada. Para ello nos dirigimos a una salida de laguna, en donde se veía mucho movimiento de sábalos. La idea era sacar un par de sábalos y con ellos intentar garetear por algunos sitios con el objetivo de lograr piques.
Cuando llegamos al sitio, vimos gran cantidad de sábalos, pero también una notable presencia de dorados haciéndose un festín, atacando los cardúmenes. Entonces le dijimos a Abraham: “Dejá los sábalos tranquilos que le vamos a tirar a los dorados…”.
Armamos los equipos de baitcasting (por eso digo que siempre hay que llevar un poquito de todo)… y colocamos señuelos con pequeños baberos, ya que no era demasiada la profundidad, y si colocábamos paletas más grandes se nos ensuciaban con el barro del fondo.
Empleamos unos Inna de 7 cm, y Valentín un Don KB que le viene dando lindos resultados. Ni bien cayeron los señuelos en el agua, ya comenzó la fiesta de piques y dorados saltando, dándonos unos lindos momentos de adrenalina y felicidad. Los dorados no eran grandes, pero mostraban una interesante batalla antes de entregarse para la foto. Por momentos, podíamos ver tres y hasta cuatro dorados que se acercaban al que teníamos prendido para arrebatarle el señuelo, un verdadero espectáculo que nos mantuvo activos hasta antes del mediodía.
En un momento Abraham nos dijo: “Miren que yo quiero que saquen un surubí antes de ir a almorzar…” Inmediatamente, dejamos tranquilos a los dorados y nos dirigimos hasta la salida de un arroyo en donde Miguel estaba pasando los señuelos con su embarcación con clientes de San Genaro. Miguel, recién llegado del norte, le dijo a su hijo que en ese sector del río habían tenido un par de piques.
Sin demasiados trámites, colocamos los señuelos, y agarramos los equipos de trolling. El guía posicionó la lancha y empezamos las pasadas lentamente. A lo lejos, vimos la lancha de Miguel que estaba peleando con un surubí. Nos acercamos para fotografiar la felicidad de los pescadores, mientras que Miguel le comentaba a su hijo por dónde había realizado el recorrido.
Una vez devuelto el surubí, la embarcación de Miguel se fue para almorzar y nosotros nos quedamos para hacer una nueva pasada… la última de la mañana.


Lentamente sentíamos cómo pegaban los artificiales en la tosca del fondo, hasta que en un momento, el golpe fue más brusco aún y, tras aflojarme la línea, siento la corrida veloz del surubí. ¡Suru, suru! Le grito a Abraham, y rápidamente trató de sacar a la lancha hacia el medio, para alejarme de la costa y poder pelear al cachorro más cómodamente… “Este es el que buscábamos…” me dice, con una sonrisa, el guía, suspirando también por la captura que tanto buscamos por la mañana. Al final de la contienda, un hermoso pintado nos permitió realizar buenas fotos y con la devolución cerramos la mañana.
Volvimos hasta la costa, y nos esperaba la familia de Abraham y Miguel para deleitarnos con un sabroso menú, y recargar fuerzas para lo que nos quedaba de la tarde.
La tarde
Abraham me repetía: “Tenemos que sacar uno más…”. Su confianza era ciega, y en verdad esto es lo que siempre contagia a los pescadores. Tras una linda sobremesa, arrancamos en horas de la siesta, ya que veíamos que desde el sur algunas nubes empezaban a amenazar con lluvias.
Volvimos a los sectores en donde por la mañana habíamos probado suerte pero sin éxito.
Esta vez, tras varias pasadas, Valentín pudo sacar un pequeño surubí atigrado. Tras esta pequeña captura, el guía nos sugirió hacer las últimas pasadas cerca de la costa, a la salida de la laguna. Fue en este punto donde nuevamente la caña de Valentín sintió el cimbronazo, y la veloz salida de su multifilamento hacia uno de los costados. ¡Surubí! Gritamos todos, y la sonrisa de Abraham que demostraba que su intuición no fallaba.


Una linda lucha de algunos minutos, para culminar la tarde con unas espectaculares fotos, y la devolución de este cachorrón que cerraba la nota.
De regreso, entre las felicitaciones y los comentarios, nuestro baquiano nos decía que a veces la pesca se pone más dura que en otras ocasiones, y que es fundamental tener paciencia, ya que ellos saben que en algún momento la sorpresa llegará… y en definitiva así fue…
Una vez más Arocena nos demostraba su riqueza como pesquero, y la familia Moyano, como siempre, nos deleitaba con sus atenciones y la sabiduría de los hijos de Miguel que se van formando como verdaderos profesionales para atender a los pescadores.
Excursiones de pesca El Pacahá de Miguel Moyano: Lanchas amplias, con motores de 90 HP 4 tiempos, motor eléctrico, pesca con carnada, baitcasting y mosca. Servicio completo, atención personalizada.
Contacto: 543466633713
Instagram: @abrahammoyano.fishing.guide
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