Visitamos el valle medio del río Negro, un coto con bien ganada fama: Santa Celestina. Aquí les contamos los resultados de la visita con un grupo de cazadores santafesinos.
Por Luis Frixione
Dos camionetas con 8 cazadores de Arrufó, Rosario y Máximo Paz, recorriendo casi 1.100 kilómetros y atravesando tres provincias para llegar a un verdadero oasis en medio de la árida estepa patagónica: el valle del río que le da el nombre a la provincia.
Llegados a Choele Choel el paisaje se convierte en un vergel. Pero no todo es paisaje, porque es un sitio histórico donde el 25 de mayo de 1879, el General Julio Argentino Roca y sus tropas conmemoraron la fecha patria izando la bandera argentina y celebrando una misa. Este fue un acto de consolidación de la soberanía argentina en reclamo de la Patagonia para el país, aprovechando que Chile enfrentaba a Bolivia y Perú en la Guerra del Pacífico.


Esta localidad y su zona se convirtió en un punto significativo en la expansión de la República Argentina, y la intención de establecer su dominio sobre la Patagonia. Obviamente, esto se logró con la derrota de la “indiada” (como se los llamaba por ese entonces) pampa, ranquel y mapuche. Y este es un debate todavía vigente, del que devienen los reclamos actuales de los pueblos originarios que, un siglo y medio después, continúa candente.
Cruzando el brazo mayor del río por puente de la RN250, se ingresa a la enorme isla que alberga a tres localidades. Pomona es la más cercana al campo de caza y es un importante centro de producción agrícola (tomate, cebolla, alfalfa) y ganadera. Allí se hace el milagro en medio de la aridez esteparia gracias a la generosidad del río y a la tecnología del riego artificial. Llegados al final del camino, sólo faltaba avisar para que nos crucen con la balsa.
CAMPO DE CAZA
El coto Santa Celestina es parte de la estancia que está ubicada en una isla de 6.000 hectáreas dedicada a la ganadería, al turismo rural y de caza. También se pueden hacer paseos náuticos y pescar truchas, carpas y pejerreyes.
Su titular, Mateo González, es chozno-nieto de un carrero que comerciaba en los primeros años de la colonización llevando provisiones a los almacenes de ramos generales de todo el valle. Es la séptima generación de una familia que se afincó a mediados de la década de 1880 y construyó un bellísimo casco edificado en 1890, es decir, que quienes visitan la estancia duermen en un confortable caserón patagónico de 135 años. Tremendo gusto para los amantes de la historia.


El antiguo caserón contiene decenas de cosas que los pibes de la era digital jamás sabrían qué son, ni para qué servían. Y está rodeado por muchas herramientas e implementos antiguos de trabajo, lo que es un verdadero viaje al pasado donde se duerme confortable y se come exquisitamente.
Santa Celestina ya tiene 10 años de experiencia en el trabajo del turismo de caza, lo que se refleja en el trabajo del matrimonio que lo conduce. Las atenciones de Rocío son esmeradísimas, al igual que las de Mateo y sus ayudantes.
Mateo aprendió a cazar desde muy niño junto a un viejo y mañero empleado de la estancia que le enseñó gran parte de lo sabe sobre las costumbres de los jabalíes. Y ya prepara a su hijo Benjamín para el arte de guiar y dirigir un coto.
El campo de caza tiene 30 apostaderos en las casi 6.000 hectáreas insulares. Son muy amplios, y la mayoría en altura, todos muy bien cebados. La población de chanchos es muy abundante y, prueba de esto, son los que vimos a plena luz del día (fueron varios los abatidos antes del atardecer). Yo mismo vi más de 20 jabalíes la primera noche…, por lo que no es necesario apurarse a disparar, y se puede esperar al colmilludo soñado.
A mi modo de ver, la ecuación es simple: muchos chanchos, pocos (muy pocos) cotos en la zona, poco furtivismo (estar en una isla dificulta el ingreso de los ilegales), mucha agua y abundante ceba con maíz. Además, no hay que olvidar que, a pocos cientos de metros del río comienza el secano de la estepa patagónica, por lo que el curso de agua atrae como un imán los jabalíes porque sobra agua y olivillo (que no es el yuyo de los medanales de La Pampa, sino un árbol, ver recuadro) que es un buen forraje.
LA CAZA
Como comentamos al inicio, la partida estaba formada por 8 cazadores: César, Gustavo, Laureano y Ponta en una camioneta; en la otra Pattini, Crosty, Santiago y quien escribe.
La cosecha fue abundante: 15 jabalíes abatidos (dentro de los cuales se cuentan dos padrillos) y 3 que se escaparon heridos. Y, como se dijo más arriba, se vieron gran cantidad de cachorrones y hembras chicas. Este balance no es fácil de igualar en La Pampa, ni hablar de dos colmilludos en un mismo fin de semana.
El entorno fluvial es un paraíso para los chanchos, y se mueven de isla en isla con una soltura extraordinaria. Es inquietante escucharlos desde el apostadero cuando cruzan el río nadando desde la otra orilla, lo que avisa su llegada al cebadero con maíz.
A los cachorrones no se los observó inquietos ni temerosos y, de hecho, los espantábamos para que no se coman todo el grano, pero hacían caso omiso a la luz de las linternas, inclusive a los primeros silbidos. Evidentemente la presión de caza es baja y no es suficiente como para generar hábitos de desconfianza.


Algo que también nos llamó la atención fue la alta actividad de los jabalíes a pesar de los violentos ventarrones. Por lo general, según nuestra experiencia, la actividad baja notablemente cuando hay mucho viento, cosa que aquí no sucedió. La hipótesis sostenida por los viejos chancheros (y muy racional, por cierto) es que las corrientes de aire muy fuertes entorpecerían la audición del jabalí porque con el bochinche del ambiente (agitación de matorrales, hojas y ramas) se le dificultaría demasiado percibir los ruidos de sus predadores (y el hombre está en esa lista). Por otro lado, tampoco le ayudaría a su sentido principal: el olfato. Esta situación de inferioridad sería la explicación de su pasividad en las noches de viento, pero aquí no sucedió esto, llamativamente.
PARA IR CERRANDO
Seguramente usted estará pensando en los 200 o 300 kilómetros de más que implica este destino respecto de La Pampa, pero si se pone en la balanza la cantidad de jabalíes vistos, el balance es claro: bien valen unas horas más de viaje.
Además, es un paisaje distinto y un ambiente que ofrece variantes más que interesantes para capitalizar como experiencia. Finalmente, la relación precio-calidad es más que satisfactoria.
Según lo que vimos y probamos, recomendamos cazar en Santa Celestina.
ÁRBOL
El Elaeagnus angustifolia es un árbol exótico invasor originario del centro y del sureste asiático. Se le llama olivillo por el parecido en color y forma de sus hojas con el olivo. En primavera y verano despide un olor dulce y sus frutos son parecidos a pequeños dátiles.
Esta especie está ampliamente difundida en todo el río Negro y constituye una importante fuente de forraje para el ganado (especialmente el fruto), también como leña. La madera se usa en cuestiones menores porque es blanda y liviana.
Ocupa el ambiente marginal para la agricultura y en costas de los brazos del río, colectores o canales, donde hay acumulación de humedad por filtraciones. Este árbol es colonizador e invasor, que constituye la base forrajera para la alimentación de caprinos, vacunos y jabalíes.
AGRADECEMOS
El convite de la banda de cazadores, gente generosa y de buena madera.
La gentileza y el trato cordial de Rocío, Mateo y Rufini… y la luminosidad de Malvina.
La invitación de SANTA CELESTINA campo de caza, que recomendamos visitar.
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