Desde el siglo XIX, la Liebre Europea (Lepus europaeus) es una de las presencias infaltables en los campos argentinos.
¿Cuál es la historia y el presente en el país de esta especie?
¿Podrán nuestros nietos disfrutar de sus bondades venatorias y culinarias como lo hicimos nosotros o será solo un recuerdo dentro de unos años?
Por profesor Claudio Luis Derudi
La historia
Según los datos históricos, la introducción de la Liebre Europea (Lepus europaeus) en nuestro país fue en el año 1888 en la provincia de Santa Fe, en donde se liberó un lote de estos simpáticos animalitos traídos desde Alemania. Luego en el año 1897 en la provincia de Buenos Aires otro grupo de estas orejonas, traídas en este caso de Francia, fue liberado en campos cercanos a Tandil.
Desde ahí, nuestras prolíficas y escurridizas amigas no dejaron de reproducirse y de poblar territorios de nuestro país y de todos los países vecinos. Chile, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay y el sur del Brasil, también fueron ambientes aptos para ellas.
Factores como: la temprana madurez sexual, la alta tasa de natalidad, los pocos predadores que tuvieron inicialmente y la facilidad con la que éstas se adaptaban a los ambientes americanos, hizo que nuestras amigas europeas se dispersaran desde nuestras llanuras, a lugares de más de 4000 metros de altura, desde humedales hasta desiertos, teniendo como resultado que, a mediados del siglo pasado, su población haya aumentado en forma muy considerable.

Todos los cultores de la Caza Menor de esta parte del continente disfrutaron entonces de sus bondades, tanto en la dificultad que nos proponía su tiro en el campo, como en lo exquisito de su carne en nuestras mesas. No hubo un solo cazador en nuestro país en el siglo pasado, que no las probara en escabeche o en estofado.
Por suerte, y pese a todo, estas simpáticas orejonas se siguieron reproduciendo y poblando los diferentes ambientes a lo largo y a lo ancho de nuestro país, hecho que a los funcionarios del momento les dio pie para considerarlas “invasoras”, lo de exótico obviamente no se podía negar, pero más adelante y en forma de una cuasi-sentencia de muerte, las encuadraron en la categoría de “plaga”, ya que dijeron que modificaban los ecosistemas autóctonos (¿?), que perjudicaban a las especies de ganado locales compitiendo por la comida (¿?) y a los productores agrícolas mermando sus producciones (¿?).
Las nuevas modalidades de caza
Avanzado ya el siglo, además de los adeptos a la escopeta, algunos cultores de las razas caninas de lebreles comenzaron a cazarlas con estos perros (galgos, por lo general), modalidad que fue creciendo muchísimo entre la gente del interior y particularmente los lugareños, que no necesitaban hacer grandes distancias transportando sus perros para realizar la actividad.
Por otro lado, la demanda de su carne en Europa (en donde sus poblaciones mermaron muchísimo por las hambrunas de la 2da. guerra y la caza indiscriminada), hizo que se pudieran hacer los contactos económicos pertinentes para que en nuestro país se la pueda cazar comercialmente, acopiar su producción y se pueda exportar al viejo continente, lo que en algún momento de allí habíamos traído.


Con estos tres últimos factores (escopeta, perro y carabina), sumados al laboreo de los campos, la población de liebres en nuestro país y en toda la parte sur del continente fue mermando notoriamente.
Ya no era el cazador de escopeta el principal vector dentro de la merma de su población, si no que la caza comercial indiscriminada y el hecho de que cualquier muchachito del pueblo que tuviera dos pseudogalgos saliera a cazarlas por todos lados, hacían que los ejemplares abatidos rápidamente fueran muchos más numerosos que los que nuestras prolíficas amigas pudieran procrear y encima ya los campos no eran tan aptos como antes ni había tanta comida ni refugio…
¿Final anunciado?… Tal vez…
Y un dia tuvimos que “correr la liebre”…
Pero como si esto fuera poco, ya entrado el último cuarto del siglo pasado se agrega otro y determinante factor que atentó en contra de esta especie. Este fue dado por las deplorables condiciones económicas y sociales en nuestro país. Ya la caza no era ni deportiva, ni conservacionista, ni sustentable, ni responsable… paso a ser “de subsistencia”. ¡¡¡Atájate!!!!
Ya el hecho de cazar comercialmente, se hizo parte de la manera que tuvieron de ganarse la vida y mantener a sus familias muchos habitantes del interior de nuestro país. Además, ya no era la gracia de ir a correr dos liebrecitas con los perros, a ver si estos agarraban una, sino que pasó a ser la forma en que muchos tuvieron la posibilidad de llevar un pedazo de carne a su casa.
¡¡¡Ah, perdón!!! ¡¡¡Me faltaba algo!!!
Como si todo esto no fuera suficiente, se dejó de cazar a su principal depredador, el zorro pampeano o zorro gris chico (Lycalopex gimnocercus), y en los últimos años se empezó a reproducir de una manera incontenible, haciendo que cada vez menos crías lleguen al estado adulto.
Presente negro, futuro incierto
Estos factores unidos pusieron una presión que la especie no soportó, y sus altas tasas de natalidad no pudieron equilibrar. Ya lo veloces y lo prolíficas que eran, no les sirvió a las pobres liebres para poder mantener las poblaciones. Hoy es muy común que los cazadores podamos muchas veces caminar todo el día, recorriendo kilómetros en el campo, sin ver ni siquiera a una de ellas, inclusive los cazadores comerciales ya no repiten ni de cerca la cantidad de capturas de hace unos cuantos años atrás.
Ahora, eso sí…
La categorización de “plaga” nunca cambió y las seguimos tratando como si fueran una “amenaza mortal “para los ecosistemas nativos, para los productores y las especies de ganado autóctono.


En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, siguen habilitando un cupo de diez liebres por día por cazador, cosa que es casi imposible de lograr y los cupos de caza comercial siguen tal cual hace 50 años.
Por otro lado, sabemos que la caza con perros galgos, pese a estar prohibida, es algo que socialmente nos va a ser muy difícil de erradicar. Tal vez sería bueno también, poder regular esta actividad y realizarla de forma ordenada, responsable y sustentable, con los permisos oficiales, los controles de sanidad referentes al cuidado y bienestar de los perros, teniendo también la imprescindible autorización de los dueños de los campos utilizados.
Paralelamente con todo lo expuesto, nunca volvieron a repetirse estudios, ni de natalidad, ni de poblaciones, ni de impacto ambiental, o sea, que las pocas liebres que quedaron siguen ocupando el lugar de “plaga” mal dado en la parte final del año pasado. Consultado este tema con biólogos, en general su postura es lógica y bastante uniforme: como lo que se debe preservar es el ecosistema autóctono, y la Lepus europaeus es una “Especie Exótica Invasora” (EEI), actuando en favor del ecosistema autóctono sus poblaciones deberían ser reducidas al mínimo posible, no debiendo existir ni vedas, ni cupos mínimos… (bingooo)
Nuestra opinión
Desde la Confederación Argentina de Entidades Cinegéticas (Con.A.E.Ci.) proponemos que se vuelvan a realizar estudios que marquen la realidad de esta especie hoy en nuestro país, que puedan permitir una regulación lógica, tanto con la caza deportiva, como con la comercial, analizando a conciencia los cupos y la duración de la temporada en cada caso.
Creemos firmemente que, pese a ser una especie introducida, es perfectamente controlable mediante la actividad cinegética y pese a su amplia dispersión geográfica, no necesariamente tiene que ser tomada como fuente de modificación negativa de los ambientes, ni motivo de pérdidas para los productores…
Esta es nuestra idea, para seguir disfrutando de estos animalitos, tanto en nuestras mesas, como yendo tras ellas en el campo.
Para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los cazadores responsables que deseen habitar en el suelo argentino.
¿Vos qué opinas al respecto?
El profesor Claudio Luis Derudi es Presidente Confederación Argentina de Entidades Cinegéticas (Con.A.E.Ci.)


