Terminó la temporada de perdices y me siento afortunado de poder decir que la supe aprovechar al máximo… y en todo sentido. Esta vez, la caza tuvo un sabor distinto, más profundo, porque fue una temporada de primeros pasos, de desafíos, de emociones y, sobre todo, de aprendizajes.
Por Sebastián Sánchez
Tuve el privilegio de entrenar por primera vez a mi propio cachorro Bretón, Milo, y fue una experiencia que superó todas mis expectativas. No por desconfianza en él – el instinto lo tiene a flor de piel -, sino por el desafío personal que implicaba formarlo desde cero. Quiero agradecer especialmente a mi amigo Diego Libardi, quien fue mi guía en este camino. Diego, aunque de perfil bajo, es un verdadero maestro: criador y adiestrador de la raza Bretón, su generosidad y conocimientos fueron clave. ¡Gracias, profe, aunque no te guste que te lo diga!


Comenzamos la temporada caminando sin escopeta, dándole a Milo sus primeros pasos en el campo. En nuestra zona no abundan los tambos, ni las pasturas ideales para la perdiz, pero nos las ingeniamos buscando en zonas de cañada, donde el pasto natural se encuentra con algún potrero de cereal: comida y dormidero. Con cada salida, Milo crecía… y nosotros también.
Una jornada para el recuerdo: cierre de temporada
El cierre de temporada lo organizamos con todo. Con Lauti Trossero, Santi Ricardini y Agustín Spedaletti arrancamos a media mañana, rumbo al campo de Lauti. Acomodamos los pertrechos, liberamos los perros y casi, sin darnos cuenta, el pointer de Agu – también llamado Milo – ya marcaba el primer rastro. Fue Santi quien se adelantó, y unos metros más allá, la primera perdiz al aire… ¡y el primer tiro certero del día!
La jornada prometía, y no defraudó. Empezamos a caminar y mi Bretón no tardó en responder: se quedó firme, apuntando, y al instante salió la perdiz. Con mi FM calibre 20, de la que estoy enamorado, logré el disparo certero. ¡Qué emoción, qué orgullo sentir ese trabajo en equipo entre el cazador y su perro!
El terreno se fue volviendo más denso, lo que complicaba un poco a los perros, especialmente al mío por su juventud. Pero las perdices estaban ahí, escondidas en esos pastos cerrados, y no dejaron de sorprendernos. Nos encontramos de nuevo con Agu y Santi, y decidimos pasar al potrero lindero, un poco más bajo. Llegamos a una lagunita para que los perros tomen agua, y seguimos. Las perdices seguían apareciendo.


El pointer de Agu se quedó firme, marcando, y en un segundo la perdiz salió. Agustín, con su Beretta calibre 20, no falló. Vale decirlo: Agu es un tirador deportivo con muchos premios y títulos encima, y aunque entre amigos haya bromas y algo de presión, lo cierto es que es un lujo tenerlo cerca. Su talento no es casualidad: se crió entre escopetas, acompañado por sus padres, Jorge “el Flaco” Spedaletti y Graciela, ambos también tiradores.
Asado, sobremesa y segunda vuelta
El mediodía nos fue envolviendo, y a lo lejos ya se veía el humo del fuego. Al acercarnos al campamento, el olorcito inconfundible del asado nos daba la bienvenida. Lauti, parrillero de lujo, nos esperaba con todo listo. Y qué decir de ese momento… Para muchos – me incluyo – es el corazón de la jornada: el asado compartido, la charla distendida, la sobremesa al sol con amigos, sin apuro y con sonrisas sinceras.
Después de unas mandarinas y naranjas al sol, decidimos volver al campo por una última vuelta. Lauti nos llevó en la camioneta a otro campo con buenas pasturas, y en poco tiempo pudimos completar los cupos. Cierre redondo, lleno de acción, emociones y camaradería.


Una temporada que deja huella
En resumen, esta temporada fue especial en todos los sentidos. Las perdices estuvieron, los campos respondieron y Milo me enseñó tanto como yo a él. Fueron semanas intensas, de mucho trabajo y también de muchas recompensas. Ahora toca guardar las fotos, repasar los videos, y esperar – con paciencia – la llegada de una nueva temporada.
Lo bueno es que en breve vamos a estar disfrutando los escabeches de perdices, una manera deliciosa de mantener vivos los recuerdos.
Gracias nuevamente al profe Diego por los consejos, a los amigos por compartir esta pasión… y a ustedes, por tomarse unos minutos y leer estas líneas. Ojalá puedan sentir, aunque sea un poquito, lo que sentimos nosotros cuando salimos al campo.
Porque la caza menor no es solo salir a buscar una presa… es salir a buscar historias, emociones, enseñanzas y tradiciones. Es una herencia viva que se transmite con respeto, entre amigos y con el corazón.

