Regresamos al norte santafesino para volver a disfrutar de momentos únicos con nuestros hijos y una fabulosa pesca.
Por César Venturini
Ya el año pasado para principios de agosto, y luego de que viniéramos amagando desde hacía mucho tiempo con mi amigo Mario, pudimos concretar nuestra visita a Puerto Piracuá. En esa oportunidad se sumaron Gustavo, mi hermano Germán con su hijo Tomás y mi hijo Estani. Pasamos unos días increíbles, la pesca acompañó bastante, y nos dio también la posibilidad de hacer una nota para la revista (con tapa y todo!).
Pero llegó este mes de agosto y aún no habíamos hecho ningún plan, así que empecé a agitar las aguas a ver si conseguía algún pique. Enseguida mi hermano y su hijo tomaron la propuesta, y obviamente mi hijo menor Estanislao no iba a perderse el viaje y pesca con su primo. Lamentablemente Mario y Gustavo este año no pudieron acomodar su agenda, y llegado fin de mes emprendimos la salida para la localidad de Florencia.
En esta oportunidad, fuimos al lodge de Martin Rouvier (El Dorado) ubicado estratégicamente justo en la punta que hace el río Paraná con el arroyo que lleva a los demás alojamientos de Puerto Piracuá. Esto es importante cuando en ocasiones de bajo nivel de río, como nos viene tocando hace ya casi 5 años, las embarcaciones aun así pueden amarrar sobre la costa del lodge, sin contar además con la vista privilegiada que ofrece del entorno.


Si bien habíamos reservado para llegar viernes a la noche y pescar sábado y domingo, una tormenta firmemente anunciada un par de semanas antes y que no se movía nos obligó a adelantar el viaje al día miércoles, para lo cual Martín no tuvo ningún tipo de peros, ni inconvenientes. Al llegar a la noche nos esperaban con tremendo asado, luego del cual usamos unos minutos de la sobremesa para terminar de acomodar los equipos y poder salir bien temprano al día siguiente.
Llegado el jueves, desayunamos tipo 7.30 y a las 8 estábamos navegando río abajo en búsqueda de los primeros lugares de pesca. Diego era nuestro guía, y Cato guiaba la lancha de Germán y Tomás. Decidimos comenzar con la modalidad de trolling que es una de las más utilizadas en esta época del año por estos ambientes, y luego de insistir toda la mañana en distintos lugares no obtuvimos ni un solo pique, y creo no equivocarme al decir también que es la primera vez que tampoco ni un enganche siquiera.
Bajamos a almorzar en la isla al mediodía, donde nos juntamos con un grupo de cordobeses que siempre están con el humor y la sonrisa a flor de piel, y luego de recargar energías y divertirnos un buen rato como para olvidarnos del aburrimiento matinal, retomamos el desafío de tratar de convencer al Paraná con al menos algún pique.
Intentamos ahora hacer unos tiros en baitcasting, sobre unas correderas hermosas que pasaban entre palos y barrancales sin mucho éxito, y enfilando para un banco de arena donde habíamos visto algo de actividad de carnada a la mañana.


Y si bien cuando llegamos había un hermoso cardumen de sábalos, tiramos insistentemente los señuelos sobre el cardumen y para uno y otro lado sin tener ningún tipo de respuestas. Diego creyó divisar la natación de un dorado, pero evidentemente no estaba en modalidad de ataque. Así que con un rotundo 2 a 0 abajo, nuestro guía pone rumbo para un veril que cruzaba prácticamente de lado a lado la cancha del río, hasta unos bancos de arena. Y es inevitable en uno, cuando ve esos lugares pensar que: “¡acá tiene que salir uno bueno!”
La pasada venía siendo impecable, toda paralela al borde del veril cuando toma su profundidad justa, y llegando ya sobre la margen contraria, donde comenzaban los bancos de arena, siento el primer pique. Tranquilos, no fue nada emocionante porque enseguida me di cuenta que se trataba de un pez chico: efectivamente, un armado para arrancar.
Pero enseguida nos miramos con Diego y dijimos: si hay armados tiene que haber algún surubí!! Ahí nomas levantamos para volver a repetir la pasada. Hicimos 3 más, y en cada una volvimos a repetir otro armado, aunque eso sí, cada vez más grandes. Por lo menos Estani se divirtió sacando algunas piezas, como para no volver con las manos vacías esa noche al lodge. Pero debo reconocer un cierto sinsabor con el que uno ya empieza a “maquinarse” la cabeza. La realidad es que uno no va a Puerto Piracuá a pescar armados.


Esa noche después de bañarnos y mientras esperábamos la cena hablamos con los guías de los planes para el día siguiente. Teníamos que cambiar de estrategia, algo no estaba funcionando como esperábamos. Ahí nomas se decidió salir aguas arriba, para unos lugares que habían tenido algo de actividad hace unos días atrás, pero que teóricamente los últimos dos no habían pagado casi nada.
El viernes nos levantamos más temprano aún, y como a las 7.30 ya estábamos cargando las lanchas, como para que no haya excusas de nada. Navegamos como una hora río arriba, hasta una isla llamada La Bombonera y, sin ser un ferviente fan de Boca ni tampoco tener predilección por los millonarios, debo reconocer que en esa cancha pegamos un baile inolvidable.
Largamos primero nosotros, con una pasada larga por el medio de la cancha y arrancando desde casi el medio de la isla. Luego de unos mil metros de pasada, empezaban unos bancos de arena sobre la margen este del río, y unos quinientos metros más abajo se hacía un veril que prometía.


Pasamos el veril y nada, un poco decepcionados empezamos a levantar las líneas otros 500 metros abajo del veril y a mitad de la recogida de línea siento un pique tremendo el cual después de dos o tres cañazos, con la misma devolución de fuerzas en reacción, no logro cosechar nada. Junto con esta acción, la otra lancha donde venía mi hermano Germán -con Cato guiando- termina también su pasada y nos comentan que habían visto actividad de dorados en el borde del veril.
Para nada lento, Diego, enseguida pone marcha y sale a todo motor para encarar ahora unos 200 metros arriba del veril la segunda pasada, acotándola al lugar de actividad registrada. Soltamos las líneas y esperamos que los señuelos tocaran fondo para que, enseguida, la caña del Rulo (Estani) se doblara con fuerza, y acto seguido la mía dos o tres segundos más tarde. ¡¡DOBLETE!! Un par de hermosos dorados de entre 7 y 9kg. Felicidad plena de todos, abrazos y festejos, devoluciones y a meterle otra pasada más!
En la segunda pasada y justo llegando al veril Estani clava su segundo pescado. Otro dorado de igual o mayor porte a los anteriores, también regalándonos múltiples saltos antes de poder subirlo a la lancha para las fotos y posterior devolución. ¡¡Sigamos!! Tercera pasada: unos metros después de cruzar el veril Rulo vuelve a clavar!!!! Tercer dorado rondando nuevamente los 10kg, con otra hermosa pelea y ya para las cargadas sobre la parte del cuerpo relativa a la sentada del pescador. Y si hay 3… para qué contar que en la cuarta pasada, otra vez habiendo ya cruzado por unos cuantos metros el veril la caña del Rulo parece explotar y ya no le daban los brazos al pobre chico para poder pararla y clavar con fuerza el último animal, que para colmo de males llegó a superar los 15kg de fuerza bruta.


Una hermosa hembra que terminó por deleitarnos a todos con sus saltos bestiales fuera del agua que no paraban de asombrarnos por tamaño y majestuosidad del pez. Después de una larga pelea, creo que Estanislao ya estaba solamente para bajar a comer un merecido asado en la isla, pero aún así volvimos a meter un par de pasadas más donde esta vez hubo éxito en la otra lancha sobre la caña de mi sobrino Tomás. Otro hermoso dorado de porte similar a los que venían saliendo anteriormente. Ya sobre la última pasada, vimos mermar mucho la actividad de los dorados, aunque sobre los últimos metros logramos capturar otro armado más.
Con la pesca más que hecha y los corazones explotados de alegría y felicidad optamos por ir hacia la costa a buscar una buena ranchada para armar un fuego y premiarnos con un rico asado. Y como siempre pasa cuando uno va con hijos a la isla, la inquietud, ganas y energía que tienen suelen darle merecidos premios que a los mayores ya se nos escapan por querer disfrutar de otros momentos de relax y contemplación.
Así fue que Tomi nos “pidió permiso” para armar una caña para carnada y tirar desde la costa mientras terminábamos de levantar el campamento luego de almorzar. Y justo en el momento que estábamos terminando de cargar las últimas cosas en la lancha Tomás grita: “¡¡LA CAÑA!!”, la cual estaba literalmente acostándose contra la embarcación… Cañazo y a pelear! Pelea que no duró menos de 15 minutos aproximadamente, y cada vez que el pez estaba arrimándose a la embarcación (amarrada a la costa) volvía a disparar sacando varios metros de línea, situación que se repitió al menos 5 veces hasta que finalmente Tomi pudo mostrar su trofeo ya con las últimas fuerzas de sus juveniles brazos. Un hermoso surubí que logramos pesar en 13kg y con el cual, luego de hacer una ritual y emotiva devolución, terminamos de ponerle la tapa a una inolvidable jornada de pesca.


No solo una gran pesca y memorables recuerdos nos llevamos nuevamente este año, porque la cantidad de promesas sobre objetivos escolares y tareas de ayuda hogareñas hechas por nuestros herederos también nos hicieron el deleite del viaje de regreso. Y es que con tal de garantizarles la visita nuevamente el año que viene a este paraíso de la pesca, la campaña política arrancó temprano. Volveremos a Puerto Piracuá, y ya con miras a dejarlo como fecha fija del calendario.

