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30 AÑOS…UNOS SUBEN, OTROS BAJAN

Cuando todavía no se enfriaron los festejos del trigésimo aniversario, nos quedan ganas de hacer balances: ha pasado mucha agua bajo el puente de la caza durante las tres décadas de esta revista, y fuimos testigos de grandes cambios que quizás prefiguren el futuro.

Por Gabriel Luis Paccioretti

Nuestra revista ha sido una de las pocas publicaciones que no le han tenido miedo a la fobia anti-caza. Desde sus inicios ha ofrecido contenido de mayor y menor, también de cuchillos, armas, recarga, balística, indumentaria para cazadores y un amplísimo anecdotario de experiencias en muchísimos cotos, un sinnúmero de campos de caza y con infinidad de guías.

Hemos sido testigos de grandes cambios: el panorama de la caza en 1995 era muy distinto: la menor era muy popular y la mayor para pocos, hoy las cosas han cambiado bastante. Si uno debiera hacer un balance de los últimos 30 años, estaría obligado a dejar sentado enormes cambios en la cultura cinegética Argentina: mientras la caza menor está en caída, la mayor está en franco ascenso.

CRECIENDO

Las tres últimas décadas han visto crecer enormemente la caza mayor en nuestro país, que ha pasado de ser algo de pocos a convertirse en bastante popular en algunas provincias. Basta preguntar en las armerías y los importadores: todos indican que hoy se venden menos escopetas y más fusiles que hace 30 años.

En plan de proponer hipótesis, el que escribe cree que se debe a varias razones concurrentes: la abundancia de exóticas invasoras, los pedidos del sector agropecuario, el aval de la academia, el cambio del paradigma cultural cinegético, además de razones económicas obvias.

La explosión poblacional y el avance territorial de chanchos y ciervos axis en Entre Ríos, Corrientes, Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, San Luis, Mendoza y Río Negro aumentó exponencialmente las posibilidades de cazar: hasta hace tres décadas había que viajar a La Pampa y hoy se caza cerca del hogar. Pero esto, que fue creciendo lentamente en los últimos 20 años, está teniendo un impulso acelerado por el pedido creciente de los productores agropecuarios para que estas especies se declaren plaga.

Esto último, aunque con ciertos reparos, es avalado por biólogos y científicos que solicitan planes de control hace, por lo menos, dos décadas. La presión del campo y el aval de la academia están empujando a los  gobiernos provinciales a flexibilizar las normativas y facilitar la caza. Además, y no menos importante, se impone una realidad: los planes de control poblacional de exóticos son muy costosos para estados subnacionales, por lo que la caza deportiva es la única herramienta de gestión viable en este país.

Otro elemento es el cambio de la cultura cinegética en la caza mayor argentina. Hasta hace dos décadas, más o menos, dominaba la estética y los valores venatorios europeos (búsqueda de trofeos, abatir sólo machos, visión aristocrática del arte venatorio), pero esto cambió radicalmente hacia el modelo norteamericano (no importan los trofeos, se caza para comer, práctica popular). Esto se dio, según la opinión de quien escribe, gracias a la internet y a la potencia del mercado estadounidense, que encontró terreno fértil en la abundancia de chanchos y axis.

La cuestión económica ayudó muchísimo. El 1 a 1 de la década de 1990 y luego el dólar barato durante el cristinismo que hicieron posible el ingreso de armas y miras económicas, y las armerías vendieron muchísimos rifles económicos para la caza mayor (Marlin y monotiro Rossi, por ejemplo). Incluso la industria de indumentaria nacional aprovechó e impuso de la estética camuflada al estilo norteamericano y florecieron varias marcas vernáculas.

Otro dato: si bien la venta de cacerías en África comenzó con la convertibilidad menemista, aumentó hasta niveles impensados en los años de dólar barato posteriores al 2004. Esto no es un dato menor.

Para terminar: los jóvenes que desean ser cazadores, en su mayoría, ni piensan en un perro y una escopeta… van derechito al fusil.

¿DECADENCIA?

El principal problema que tiene la caza menor es que se realiza mayoritariamente con especies nativas, lo que predispone a los gobiernos provinciales y a los biólogos contra la caza, avanzando permanentemente en medidas que la desalientan.

Otro gran problema es aumento de la agricultura en detrimento de la ganadería, lo que reduce enormemente las zonas de reproducción y cría de la perdiz, obviamente también de su caza. Con el pato no sucede lo mismo, pero no enamora a muchos cazadores. La abundancia de palomas es proverbial y es la envidia de muchos países, pero jamás movió el amperímetro de los locales.

El crecimiento de las ciudades y de los barrios periféricos, sumado al proceso de monocultivo de soja, han alejado cada vez más los potreros perdiceros, haciendo más costosa la actividad. Ni hablar de los valores de la cartuchería.

Los hogares ya no tienen patios y muchos viven en departamentos en propiedad horizontal, lo que hace cada vez más difícil tener un perro perdicero. Todo conspira contra la caza menor típica argentina.

Los grupos animalistas, anti-especistas, proteccionistas y anti-caza en van en aumento y cuentan con el apoyo de la población urbana. Además, son capaces de gran organización, militancia y liderazgos ambiciosos: pocos pero muy activos. La ignorancia de la ciudadanía es proclive a aceptar las iniciativas anti-caza de buen gusto, lo que hace todo más difícil.

El colectivo de la caza, salvo raras excepciones, se ha mostrado impotente política e institucionalmente hablando: sin organización ni liderazgos claros. Esto se manifiesta en la decadencia de los clubes y demás instituciones que defiendan sus derechos. Encima los furtivos y pseudo-cazadores no hacen más que subir sus tropelías a las redes sociales, alimentando el sentimiento anti-caza.

Finalmente, la falta de compromiso de los empresarios del sector es, sencillamente, inexplicable, lo que profundiza la debilidad de la comunidad cazadora.

BALANCE

Desde El Pato hemos visto todos estos cambios, y los hemos testimoniado en nuestras páginas… esperamos no tener que presenciar la muerte de la caza menor. Que acontecerá si el colectivo de la caza no se organiza para defender sus derechos.

Por otro lado, lo que se puede observar da cuentas de un futuro próspero para la caza mayor, por lo menos para la próxima década.